José Martí
Yo visitaré anhelante
Yo visitaré anhelante
Los rincones donde a solas
Estuvimos yo y mi amante
Retozando con las olas.
Solos los dos estuvimos,
Solos, con la compañía
De dos pájaros que vimos
Meterse en la gruta umbría.
Y ella, clavando los ojos,
En la pareja ligera,
Deshizo los lirios rojos
Que le dio la jardinera.
La madreselva olorosa
Cogió con sus manos ella,
Y una madama graciosa,
Y un jazmín como una estrella.
Yo quise, diestro y galán,
Abrirle su quitasol;
Y ella me dijo: "¡Qué afán!
¡Si hoy me gusta ver el sol!"
"Nunca más altos he visto
Estos nobles robledales:
Aquí debe estar el Cristo,
Porque están las catedrales."
"Ya sé dónde ha de venir
Mi niña a la comunión;
De blanco la he de vestir
Con un gran sombrero alón."
Después, del calor al peso,
Entramos por el camino,
Y nos dábamos un beso
En cuanto sonaba un trino.
¡Volveré, cual quien no existe,
Al lago mudo y helado:
Clavaré la quilla triste:
Posaré el remo callado!
Carilda Oliver Labra
Muchacho loco: cuando me miras
Muchacho loco: cuando me miras
con disimulo de arriba a abajo
siento que arrancas tiras y tiras de mi refajo...
Muchacho cuerdo: cuando me tocas
como al descuido la mano, a veces,
siento que creces
y que en la carne te sobran bocas.
Y yo: tan seria, tan formalita,
tan buena joven, tan señorita,
para ocultarte también mi sed
te hablo de libros que no leemos,
de cosas tristes, del mar con remos,
te digo: usted.
Me desordeno, amor, me desordeno
Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada,
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.
Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.
Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;
y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.
Regino E. Boti
Pompones de carne
Tienen sabiduría tus caderas,
tan flexibles como algunas maderas
de mi predio natal.
Tienen sabiduría tus caderas,
para enojo de ansiadas bayaderas
del suelo Oriental.
Tienen tus elásticas caderas
olores de maderas
de algún país Oriental,
y ciertas felinas maneras
de contraerse como panteras
y de tremer como el chacal.
Se abren como gardenias tus caderas
bajo las blancas laderas
que hacen tu cintura jovial,
y tienen arrogancias placenteras
y cadencias ligeras
del ritmo amoroso que dice del Mal.
Yo amo tus caderas
porque en varias maneras
han sabido darme el placer sin igual
de ser lúbricas esferas
y de ser hilanderas
de la rueca del Acto paraisal.
Y al ver tus gentiles caderas
―acoplado contigo de varias maneras―
mover con sabiduría sus hechiceras
blancuras de nube estival,
he sentido ansias fieras,
de adorarlas, de herirlas, si no fueras
a veces tan fría y tan paradojal,
tan fría y tan irracional,
y tan sensual…
Sin palabras
Me gustan tus labios gruesos
y tus ojos adormidos:
¡temblor fragante de besos
y ocasos oscurecidos!
Busco tus brazos posesos,
amo tus muslos fornidos:
guirnaldas que oprimen besos
y tibio ambiente de nidos!
Sueño con inflexiones
de tu voz y de tus besos
de la entrega fugitiva.
Y hay en tus modulaciones
inconfesados excesos
de una sumisión esquiva.
Nicolás Guillén
Piedra de horno
La tarde abandonada gime deshecha en lluvia.
Del cielo caen recuerdos y entran por la ventana.
Duros suspiros rotos, quimeras calcinadas.
Lentamente va viniendo tu cuerpo.
Llegan tus manos en su órbita
de aguardiente de caña;
tus pies de lento azúcar quemados por la danza,
y tus muslos, tenazas del espasmo,
y tu boca, sustancia
comestible, y tu cintura
de abierto caramelo.
Llegan tus brazos de oro, tus dientes sanguinarios;
de pronto entran tus ojos traicionados;
tu piel tendida, preparada
para la siesta:
Tu olor a selva repentina; tu garganta
gritando —no sé, me lo imagino—, gimiendo
—no sé, me lo figuro—, quejándose —no sé, supongo, creo—
tu garganta profunda
retorciendo palabras prohibidas.
Un río de promesas
baja de tus cabellos,
se demora en tus senos,
cuaja al fin en un charco de melaza en tu vientre,
viola tu carne firme de nocturno secreto.
Carbón ardiente y piedra de horno
en esta tarde fría de lluvia y de silencio.
Rubén Martínez Villena
Soneto
Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.
Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.
Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;
y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.
Luis Rogelio Nogueras
Mirando un grabado erótico chino
Mirando un grabado erótico chino
tú me preguntaste
que cómo era posible hacerlo de ese modo.
Lo intentamos ¿recuerdas?
Lo intentamos
Pero fue un fracaso.
China tiene sus arcanos
China tiene sus secretos
China tiene sus murallas infranqueables.
Virgilio Piñera
Palabras de joven
Para Roberto Pérez, en sus veintitrés años
Eternamente joven en su instante,
el joven pasea entre los lirios del camposanto,
y deja oír su tonada.
¡Oh, muertos! Estoy tan lleno de vida,
late en mi corazón, en mi frente.
Esplendo como un sol,
y tengo en la garganta un ruiseñor.
Se dispone a vivir, ¡oh, delicia!
El agua,
que no lava llagas en su piel,
la deja bruñida
como el escudo de Perseo.
Soy el mágico espejo
en que depositan su sueño los amantes.
Cantadme himnos, alabanzas.
Soy un ensimismamiento para los sentidos,
y una fragancia para el alma.
El joven pasa desafiante.
Sol, luna, estrellas.
Yo soy la seducción. Vengan a adorarme.
José Lezama Lima
El abrazo
Los dos cuerpos
avanzan, después de romper el espejo
intermedio, cada cuerpo reproduce
el que está enfrente, comenzando
a sudar como los espejos.
Saben que hay un momento
en que los pellizcará una sombra
algo como el rocío, indetenible como el humo.
La respiración desconocida
de lo otro, del cielo que se inclina
y parpadea, se rompe
muy despacio esa cáscara de huevo.
La mano puesta en el hombro de la mujer.
Nace en ellos otro temblor,
el invisible, el intocable, el que está ahí,
grande como la casa, que es otro cuerpo
que contiene y luego se precipita
en un río invisible, intocable.
Las piernas tiemblan, afanosas de llegar
a la tierra descifrada,
están ahora en el cuerpo sellado.
Comienza apoyándose enteramente,
un cuerpo oscuro que penetra
en la otra luz
que se va volviendo oscura
y que es ella ahora la que comienza
a penetrar.
Lo oscuro húmedo que desciende
en nuestro cuerpo.
Tiemblan como la llama
rodeada de un oscilante cuerpo oscuro.
La penetración en lo oscuro,
pero el punto de apoyo es ligeramente incandescente,
después luminoso
como los ojos acabados de nacer,
cuando comienzan su victoriosa aprobación.
La mano no está ya en el otro hombro.
Se establece otro puente
que respaldan los cuerpos penetrantes.
Ya los dos cuerpos desaparecen,
es la gran nebulosa oscura
que apuntala su aspa de molino.
Los dos cuerpos giran
en la rueda de volantes chispas.
Como después de una lenta y larga nadada,
reaparecen los cabellos llenos de tritones.
Miramos hacia atrás separando el oleaje
Y aparece el desierto con alfombras y dátiles.
Los dos cuerpos desparecen
en un punto que abre su boca.
Lo húmedo, lo blando,
la esponja infinitamente extensiva,
responden en la puerta,
abrillantada con ungüentos
de potros matinales
y luces de faisanes con los ojos apenas recordados.
El dolmen que regala los dones
en la puerta aceitada,
suena silenciosamente su madera vieja.
Los dos cuerpos desaparecen
y se unen en el borde de una nube.
La manta, la lechuza marina,
seca el sudor estrellado
que los cuerpos exhalan en la crucifixión.
El árbol y el falo
no conocen la resurrección,
nacen y decrecen con la media luna
y el incendio del azufre solar.
Los dos cuerpos ceñidos,
el rabo del canguro
y la serpiente marina,
se enredan y crujen en el casquete boreal.
(Tomado de www.lajiribilla.cu)
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