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Desde Santa Clara, Cuba.

26/05/2008 GMT 1

El corrector, hoy

mediaz @ 13:34

Si cerráis la puerta a todos los errores, también la verdad quedará fuera.

 Tagore, Rabindranath

Toda obra debe pasar por dos clases de corrección: la de estilo y la tipográfica. Algunos editores, en obras que les parecen de poca importancia, prescinden de la primera, lo cual es causa de que las obras salgan a luz plagadas de equivocaciones e inexactitudes. Se basan para ello en la falsa apreciación de tipo económico, pues creen que prescindiendo de este requisito ahorran algo; la experiencia demuestra que esto se paga caro, ya que las erratas del original pasan a las pruebas, y las correcciones sobre estas resultan más onerosas que la misma lectura original. (Martínez de Sousa, Op. cit., p. 56)

El equívoco primero consiste en confundir función con funcionario, oficio con oficiante; es decir, la tarea con el que la realiza.

La “artesanía” del corrector puede estar decayendo, pero su función, paradójicamente, es cada vez más necesaria, en un contexto en el que cada vez menos gente sabe escribir bien; y entiéndase “bien” no solo en el sentido gramatical, sino en el sentido meramente comunicativo.

La corrección, si no existe de derecho, existe de hecho. Alguien la realiza, bien o mal, a sabiendas o no. Es una función delegable, pero imprescindible.

Si un original no se revisa, esto equivale a un “grado cero de corrección”. Quizá el tipeador introduzca motu proprio alguna modificación donde vea (o crea ver, Dios lo ayude) algún “horror” de ortografía o sintaxis. Luego, si hay corrección de pruebas, sucederá lo que Martínez Sousa sugiere: el corrector de pruebas se verá también obligado a corregir el estilo, lo que puede recargar innecesariamente esas galeradas (de errores, tiempo y dinero).

Si el autor da una “última mirada” a su obra, el problema se multiplica porque, de hecho, puede volver todo casi a “fojas cero”.

Finalmente, si no se realiza ningún tipo de corrección, esta quedará para el peor momento, el de la lectura, cuando ya sea tarde para todo, salvo para la infamante fe de erratas o la deseable, pero no siempre esperable, segunda edición.

Entonces podríamos concluir: el lector es el corrector más inapropiado de un libro. Es posible creer que nadie deja de comprar un libro porque la editorial tenga fama de descuidada; pero, ¿conviene creerlo?

Reitero: la corrección es una necesidad y se hace SÍ o SÍ. ¿Por qué, entonces, no hacerla como corresponde? (Cómo corregir sin ofender, Pablo Valle, Op. cit., p. 106)

Y cabe agregar que, según el tipo de obra que haya que corregir, a veces se hace necesaria, también –y previa a la del corrector literario– la intervención de un “lector técnico”; por ejemplo, en los manuales o diccionarios específicos de alguna profesión –medicina, abogacía, ingeniería–, en donde hay ciertos términos y datos sumamente específicos.

(Tomado de: http://www.hildalucci.com.ar)

 

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