La educación formal, una expresión de cultura
Esos hábitos elementales que hacen a una persona educada tienen un amplio diapasón para expresarse en la sociedad. Cuidar de ellos e inducir en su práctica a niños y jóvenes es tarea en la que todos debemos participar de manera consciente.

Un cartel ubicado en un centro de servicios a la población contiene un texto que motiva a reflexiones: “Es muy agradable ser importante, pero es más importante ser agradable.” Lo que parece un simple juego de palabras encierra una máxima trascendente para la convivencia humana.
La educación formal —que imagino se denomine formal porque atiende en gran medida a la forma de comportamiento de las personas hacia los demás— se va estructurando desde la cuna. Los primeros educadores de un niño son los propios padres. Ellos inducen al hijo en las formas correctas de relacionarse con los que lo circundan. Poco a poco van forjando en el pequeño los hábitos elementales que en el futuro lo marcarán como una persona educada. Cómo comer, saludar, hablar en voz baja, despedirse, ser corteses con los ancianos, etcétera, son formas que se deben aprender desde bien temprano.
Los maestros, educadores por excelencia, desempeñan igualmente un relevante papel en la formación de estos hábitos de comportamiento. Y su ejemplo será siempre una pauta a seguir.
El trato amable entre las personas, cualquiera que sea su desempeño social, dice mucho de la cultura de quien lo practica, y para sí mismas, es también provechoso tener una imagen de aceptación pública, lo que sin duda coloca en buen lugar la autoestima.
Sin embargo, en la sociedad se ponen de manifiesto, con más frecuencia que la deseada, actitudes de tan poca educación que llegan a constituir verdaderos insultos a la dignidad humana.
¿Quién no ha tenido la experiencia, por ejemplo, en lugares donde se prestan servicios, de no recibir atención? ¡Con lo poco que cuesta una sonrisa, un buenos días o un en qué puedo servirlo!
Pero lo peor es que muchas veces ese mal trato —el trato impropio, incorrecto— se torna maltrato. Se juega impunemente con el tiempo de las personas, ese preciadísimo recurso que a nadie alcanza nunca. La falta de atención, o la atención indebida, por los trabajadores de los servicios, lesiona los derechos de los que acuden a ellos para resolver sus necesidades. Estas son muestras de muy poca educación formal, además de constituir faltas en la realización cabal de sus funciones.
Los ruidos, entre los que incluyo la música a altísimos decibeles, denotan también un bajo nivel de educación formal. La agresión acústica irrita a los vecinos, obligados a padecerla o a emigrar de sus hogares para salvarse de ella. El extremo lo constituyen esos puntos de venta que para promover su existencia apelan a la música más estridente todos los días, durante todas las horas en que expenden sus productos. Y de las cafeterías y restaurantes cuyos trabajadores consideran “ambientadora” cualquier música y bien alta, ni hablar.
Muchas medidas debería aplicar la sociedad para la supresión de estas agresiones. Van desde el ejercicio de una mayor combatividad colectiva de la comunidad para convencer a los agresores y reclamar el respeto merecido, hasta la apelación a las autoridades y la aplicación de la legislación vigente ante estas infracciones.
En los jóvenes, llamar la atención mediante atuendos extravagantes o excesivamente sensuales en horarios inapropiados; utilizar la chabacanería, profusión de malas palabras y la voz cuanto más alta mejor, son otras expresiones de muy poca educación formal. No se trata de abogar por la mojigatería. Los jóvenes cubanos de hoy, cuya alta responsabilidad social a nadie escapa, son objeto y sujetos de la cultura general integral que perseguimos; pero para ser cultos hay que ser, ante todo, educados.
Otra esfera en la que abundan manifestaciones de poca educación es en el tránsito. La cortesía entre chóferes mejoraría los niveles de accidentalidad.
¿Y qué decir de los que piden “botella” en mala forma y de los que no la dan por falta de solidaridad o responden de manera impropia?
Hay mucho que hacer aún para que la educación formal de los cubanos alcance los niveles deseados y sea verdadera expresión de nuestra cultura, porque ser educados no cuesta trabajo.
Por: Magaly Silva (Tomado de http://saludparalavida.sld.cu)

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