Te queremos, Santa Clara
El 15 de julio de 1689 ocurrió la fundación de Santa Clara, cuando un grupo de familias remedianas decidió asentarse en el hato de Antón Díaz, al pie del tamarindo existente en el hoy Parque El Carmen.
Posteriormente, el árbol fue talado y originó una gran polémica.
Un nuevo ejemplar vio la luz unos metros más alejado de la iglesia. Sin embargo, a pesar de resultar el sitio identificativo, algunos historiadores consideran que no fue el lugar primitivo de asentamiento, pues los remedianos se trasladaron hacia el actual Parque Vidal, donde fabricaron las primeras viviendas en lo que sería la Plaza de Armas.

Cómo decirte gracias, si cada día nos regalas lunas y alboradas… ¿Con un poema?, ¿en una décima? No, lo prefiero así, sin rima y con mis palabras. Cómo decirte gracias, si nos meces entre el aire fresco del Capiro y el susurro de los totíes silvestres cuando asaltan el espacio.
Eres tú la que llenas corazones y motivas, la que alienta y entristece, la tesorera inigualable de recuerdos y nostalgias.
Eres tú la de pólvora libertaria en aquel diciembre rebelde, la de tamarindos que se apropian de los bosques, la de mariposas perfumadas, la de añejos adoquines que sustentan historias con el hilo del amor y la esperanza, la de verjas coloniales y evocaciones lejanas.
No importan sitios ni ciudades, porque sigues siendo tú, y desde donde quiera se te extraña. Viajas en la cartera, en el auto, o en la mente de tus hijos por Madrid, Caracas, La Paz, Nueva York o La Habana…
No importa, porque anhelan, al menos, una imagen que refleje la Glorieta o la casa y la escuela de la infancia. Algo que devele la palma o un simple destello que te identifique: Santa Clara.
Y te vemos linda, y pretendemos quitarte las arrugas, aunque el tiempo marque ya el inevitable cumpleaños 319.
Se dice fácil, mas cuántas vivencias multiplicadas. Por eso, donde quiera que estemos, ilumínanos. Entréganos tu llave para dejar abierta la gran puerta de una urbe con mucho de Marta y de Guevara, para que nos muestres tus encantos y desdichas, para que sigas irrigando la vida de los fieles que te aman.
Por: Ricardo González (Tomado de Vanguardia)

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