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Desde Santa Clara, Cuba.

22/07/2008 GMT 1

Recuerdos sobre Blas Roca

mediaz @ 16:35

En ocasión del centenario del natalicio de este incansable luchador comunista cubano, reproducimos este material escrito por el colega Juan Marrero y publicado en Granma en abril de 1987.

 

blas

 El 24 de julio se cumple el centenario del natalicio de Blas Roca. Trabajé muy cercano a él desde 1962 hasta 1965 en el periódico Hoy. En ese tiempo, fui secretario general de la sección sindical de ese colectivo, frente al cual Blas prestaba permanente atención; después, desempeñé la jefatura de redacción del diario, lo que determinaba un estrecho contacto cada día con él.

 

Cuando murió el 25 de abril de 1987, al día siguiente de ese triste momento, publiqué en Granma mis impresiones sobre este gran hombre y gran revolucionario. Han transcurrido 21 años. Volví a leer esas notas con la intención de escribir para el sitio cubaperiodistas.cu sobre el paso de Blas Roca por el periodismo tras el triunfo de la Revolución. Opté, sin embargo, por colocar en internet, para muchos nuevos lectores sin duda, lo ya escrito.

 

Y he aquí esas impresiones, sin despojarlas ni añadirles una palabra:

De Blas Roca, quien fuera mi director en el periódico Hoy entre los años 1962 y 1965, escribí anteriormente una pequeña crónica. Lo hice en la clausura del Segundo Congreso del Partido Comunista de Cuba. Lo motivó su ausencia en la presidencia del acto efectuado en el teatro Carlos Marx.

Allí, a causa de su quebrantada salud, el asiento que debía ocupar había quedado vacío. Y él ocupó mi corazón y el de todos los participantes del histórico acontecimiento. De ahí que aquella breve nota, que se publicó en Granma, la titulara: “Un asiento vacío en el corazón de todos”.

 Blas es de esos hombres de quienes no es posible hablar en pasado y mucho menos hacerlo sin hacer trascender emoción y amor. Hoy tiene sus ojos cerrados, sus manos no pueden moverse acompañando con suavidad la serenidad de sus palabras, pero con ello es imposible sepultar la riqueza de virtudes que en él se atesoran.

Muy pocos hombres públicos he conocido donde estén presentes, armónicamente en una misma alma, la modestia, la humildad, la generosidad, la nobleza, el espíritu de lucha y sacrificio, la fidelidad a la causa marxista-leninista, el amor a la Patria, el desvelo por obreros y campesinos, explotados y oprimidos, la vocación de maestro, la firmeza revolucionaria, la lealtad al Partido…

Tuve el inmenso privilegio de apreciar directamente esas virtudes, días tras días durante casi tres años.

Lo recuerdo llegando a la redacción de Prado y Teniente Rey, cada mañana, siempre sonriente y afable, abierto al saludo o a decepcionar cualquier inquietud, preocupación o queja. Lo veo entrando a su despacho y poniéndose de inmediato a escribir el editorial del día o su sección “Aclaraciones”, escritos de mucha utilidad en aquellos tiempos para armar al pueblo de argumentos sólidos con qué enfrentar a los enemigos de la Revolución y el socialismo.

Lo recuerdo tomando su pluma de fuente y llevando al papel sus ideas con un estilo directo, conciso, claro, siempre tratando de que todos los lectores captasen, sin mucho esfuerzo, lo que quería decirles. Lo hacía sobre unas pequeñas hojas de papel gaceta (cada cuartilla las cortaba a la mitad) con una letra minúscula y dejando un gran espacio entre renglón y renglón.

Lo recuerdo reuniéndose a diario, poco después del mediodía, con diversos factores de la confección del periódico para analizar la edición publicada esa mañana; chequeando si se había cumplido el horario de cierre, si habían existido problemas con la distribución del periódico, si salieron errores o erratas. No faltaban en esos encuentros sus observaciones críticas, sugerencias, para mejorar el trabajo, e incluso orientaciones para la realización de artículos y reportajes.

Lo recuerdo preocupado constantemente por la marcha del trabajo sindical, la actividad del núcleo del Partido y de la Juventud. Si había una asamblea en los talleres, en la administración o en la redacción se hacía presente en ella para escuchar lo que opinaban los trabajadores.

Lo recuerdo cada día, a las tres de la tarde en punto, ni un minuto antes ni uno después, dando inicio a la reunión de producción del periódico con el subdirector, los jefes de información, redacción y de páginas. Escuchaba los informes sobre los acontecimientos del día y daba orientaciones concretas. Aquel encuentro de trabajo jamás sobrepasaba los 20 minutos. Lo recuerdo recibiendo a las delegaciones extranjeras, embajadores y otros visitantes.

Únicamente se ausentaba del periódico cuando sus deberes como dirigente del Partido lo reclamaban en una reunión, en una asamblea de trabajadores o en una recepción diplomática. Tarde en la noche, cuando ya de las máquinas impresoras salían los primeros centenares de periódicos, lo veíamos abandonar la redacción, llevando en su portafolio documentos e informes que, seguramente, debería leer antes de dormir.

Algún que otro domingo, si disponía de tiempo, le agradaba invitar a los compañeros del periódico a estar con él en una pequeña finquita en los alrededores de El Cacahual. Allí se pasaba parte de la jornada jugando al dominó, uno de sus principales entretenimientos.

Aquellos que trabajaron con él más directamente e incluso durante un más largo número de años, podrán, quizás, ser más precisos y ricos en información. Pienso, sin embargo, que ni ellos ni yo podríamos ser capaces de mostrar en toda su dimensión a Blas, a quien Fidel definió hace algunos años, en el acto por el aniversario 50 del primer partido marxista-leninista, como “uno de los hombres más nobles, más humanos y más generosos que hemos conocido”.

Y esa generosidad ha estado presente en su quehacer político cuando depositó en las manos de Fidel, en 1961, las gloriosas banderas de los comunistas cubanos en un genuino acto de contribución a la fusión de las fuerzas revolucionarias. O cuando durante el Tercer Congreso del Partido dirigió una carta a Fidel exponiéndole que ante su quebrantada salud, pedía se le liberara de sus responsabilidades como dirigente del Partido.

Aquella crónica que escribimos en Granma, el 21 de diciembre de 1980, la concluíamos citando algo que dijo Martí en una ocasión: “Vale y vivirás, sirve y vivirás, ama y vivirás”. Como las virtudes de Blas lo hacen valer mucho, ha servido a la patria y el socialismo desinteresadamente y ha amado con ardor a su pueblo, a sus compañeros, y en especial a Fidel y a Raúl, vivirá para siempre en el corazón de todos.

Su asiento no está vacío. Lo ocupa su historia ejemplar. Y los corazones de todo su Partido y su pueblo. 

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