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Desde Santa Clara, Cuba.

20/09/2008 GMT 1

Un Congreso Campesino en plena contienda bélica

mediaz @ 14:27

raúl castroGenuinamente revolucionario, tanto por la esencia misma de los temas discutidos como por las soluciones planteadas, fue el Congreso Campesino en Armas celebrado el 21 de septiembre de 1958 —hace 50 años— en Soledad de Mayarí, una zona localizada dentro de los límites del II Frente Oriental Frank País.

El encuentro mostró el nivel de conciencia alcanzado por el campesinado a través del contacto con el Ejército Rebelde. Por primera vez, desde sus inicios, los hombres de tierra adentro sentían el respaldo de una fuerza armada, decidida a garantizar con plenitud los derechos que secularmente le fueron negados al guajiro cubano.

El Congreso, presidido por el entonces Comandante Raúl Castro Ruz, jefe militar de aquella insurrecta jurisdicción, contó con la asistencia de unos 200 delegados y decenas de invitados provenientes de Guantánamo, Baracoa, Alto Songo, Yateras y Mayarí. Integraban la presidencia, además, los miembros del Comité Regional Campesino, encabezado por José Ramírez Cruz; el jefe del Buró Agrario del Ejército Rebelde, José Serguera, y un numeroso grupo de miembros del Estado Mayor y jefes de departamentos adscriptos a la Comandancia, entre ellos los comandantes Carlos Jiménez Fonseca, Reynerio Jiménez y Léster Rodríguez; los capitanes Antonio Pérez Herrero y Augusto Martínez Sánchez, el teniente José Cuza y la combatiente Vilma Espín Guillois.

Dicho evento marcó el inicio de un nuevo capítulo que meses después abriría amplios horizontes al hombre de campo, especialmente a partir del 17 de mayo de 1959. Sin embargo, toda la trayectoria recorrida por el sector hasta esa fecha, cuando fue promulgada la Ley de Reforma Agraria, estuvo plagada de cuantos males pudieron aquejar a esa discriminada capa social. 

NECESARIA UNIÓN 

Explotación, miseria e ignorancia conformaron situaciones que se conjugaban con la extrema brutalidad que representó en los campos de Cuba la práctica del desalojo.

Ese fenómeno, en virtud del cual la Guardia Rural ponía sin contemplaciones de patitas en el camino real al infeliz labriego, no dejaba de ser una pesadilla en los tiempos de la pseudorrepública, instaurada en 1902, y aun antes, durante la contienda independentista, cuando el soberbio peninsular Valeriano Weyler dispuso la criminal Reconcentración, con el fin de suprimir el apoyo campesino al Ejército Libertador.

Nada es más cierto que la persecución y el acoso que ejercieron las autoridades gubernamentales y militares sobre la población rural, preterida y humillada, y ello propició su inevitable colaboración con las fuerzas guerrilleras.

En medio de las condiciones bélicas prevalecientes en el agreste lomerío oriental, los insurgentes dispensaron siempre un trato respetuoso y cordial a esas masas desvinculadas del desarrollo social, y que comenzarían a conocer las bondades de la atención medica y educacional a través de los médicos y maestros involucrados en las filas rebeldes. Por eso, cuando poco después de fundado el II Frente Oriental su jefatura convocó al cónclave, la respuesta fue de total adhesión.

Bajo el acoso constante de la aviación enemiga tuvieron que celebrarse las sesiones, en las que Pepe Ramírez llamó a la unidad más estrecha entre rebeldes y lugareños, para juntos lograr la liberación patria con el derrocamiento del régimen pro imperialista en el poder.

El Congreso devino tribuna de denuncias y de invocación a la justicia: En sus intervenciones, los participantes expresaron con libertad sus ideas, sin prejuicios ni temores, en tanto denunciaron por sus nombres a los latifundistas y propietarios de tierras que amenazaban constantemente con desalojarlos.

Del mismo modo, revelaron las extorsiones de que eran víctimas por los garroteros, y condenaron la ausencia de precios fijos a sus cosechas, amén de los abusos, atracos y la especulación extendida sin piedad por toda la región. Allí salió a relucir la inexistencia en esos parajes de casas de socorro, de caminos para facilitar el traslado de los productos, de créditos y otras cuestiones reñidas con un mínimo estado de bienestar económico y social.

Las conclusiones del trascendental evento correspondieron a Raúl. Visiblemente emocionado, en medio de un absoluto silencio, el joven dirigente revolucionario, en cuyos hombros descansaba la enorme responsabilidad política y militar de conducir la guerra en el territorio, calificó de memorable aquella jornada, y apuntó que «jamás, desde que Cuba es Cuba […] habíamos presenciado un congreso campesino, un congreso de campesinos revolucionarios en medio de una guerra […]»

«El principal objetivo de los campesinos —dijo además— debe ser en este momento forjar y mantener la unidad. He aquí lo principal si queremos lograr el triunfo y conquistar nuestras demandas […] Obreros y campesinos tienen el mismo destino: deben unirse para luchar».

Los mayores logros de la singular reunión estuvieron relacionados con el fortalecimiento de la unidad y las posiciones más revolucionarias del campesinado, la elevación a planos superiores de los vínculos y la cooperación de la población rural con los mandos y combatientes rebeldes, el impulso de los intereses del movimiento campesino en el territorio liberado, con influencias en las zonas colindantes, y la promoción del movimiento juvenil y femenino en la serranía, así como la elaboración de un plan concreto de reivindicaciones tendentes a una verdadera reforma en el agro.

Tan solo a 20 días de aquel importante acontecimiento, el Comandante en Jefe Fidel Castro firmaba en la Sierra Maestra el 10 de octubre, aniversario 80 del Grito de Yara, la Ley no. 3 sobre el derecho de los campesinos a la tierra. Su entrada en vigor de inmediato en los territorios liberados, significó una fehaciente demostración de que lo acordado en Soledad de Mayarí era ya realidad, y sería digno antecedente de aquel 17 de mayo de 1959, cuando el jefe de la Revolución rubricó el histórico documento contentivo de la primera Ley de Reforma Agraria.

(Por Benito Cuadrado Silva. Tomado de Vanguardia)

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