¿Optimista? ¿Pesimista? Eso lo decide usted
Por Alfonso Cadalzo Ruiz
Tantas veces como me encuentro con las personas, lo mismo en la calle, el trabajo, un comercio, cualquier actividad social y hasta la propia casa, tarde o temprano aparecen los temas optimistas o pesimistas. Me parece que todos, sin excepción, hemos pertenecido a ambos bandos; unos por más y otros por menos tiempo. De la prolongación temporal en uno u otro bando, se puede dilucidar si se pertenece, definitivamente, al bando de los optimistas o al de los pesimistas. Está bien reflexionar sobre esto y decir sin tapujos que la definición al respecto puede proveer información de muchos aspectos relacionados con nuestra personalidad.

Hay a quienes las circunstancias les han jugado más de una mala pasada; a otras les ha ido siempre —o casi siempre— de maravillas. Es de imaginar que los del primer grupo sean gente decididamente pesimistas; los otros, en cambio, serían los optimistas. Curiosamente no siempre es así. Son numerosos los casos de individuos que han atravesado los mil y un infortunios, y, maravillosamente, son del grupo de los más felices y realizados. En el otro grupo sucede lo contrario; personas nacidas con todas las comodidades habidas y por haber, mimos, complacencias, y, como se dice, “nacidos de pie”, atraviesan este bosque de la existencia bajo un permanente lamento, clásicamente insatisfechos. ¿No es de preguntarse por qué?
En primer lugar, partamos de que la felicidad, que es fruto del optimismo, es un estado natural. El pesimismo, las tristezas, la desesperanza y la insatisfacción salimos a buscarlos; mejor dicho: son invenciones de nuestra mente. Como estado mental, el pesimismo o el optimismo que pueden inundarnos son, en última instancia, imágenes de la realidad creadas por nosotros, pero no la realidad misma. Debido a nuestra educación familiar, la formación de valores, los prejuicios, el “qué es bueno” o “qué es malo”, más la manera como los demás se relacionan con nosotros, se va creando en nuestra psique una especie de “programa mental”, un condicionamiento. Son los filtros a través de los cuales percibimos la realidad que nos circunda y, en última instancia, nos llevan al consciente la idea de “eso no está bien” o “aquello sí es correcto”.
Vivimos y morimos, muchas veces, en la falsa creencia de que pensamos y actuamos libremente, pero lo único que hacemos es funcionar como un “software humano”. No somos nosotros, sino nuestros condicionamientos, los que deciden nuestra aprobación o desaprobación de cada realidad, la conducta ajena y la propia.
Cuando el ser humano contiene en su mente una carga negativa excesiva, le parece que nada dentro y fuera de él o ella funciona debidamente. Es una labor ardua esa liberación mental que nuestros padres, otros familiares, cuantos nos rodean y los convencionalismos nos han impuesto desde la primera lloradita al nacer. Bien merece un análisis introspectivo, casi siempre con ayuda especializada para concertar, finalmente, ese encuentro con la realidad de nuestro propio ser.
Muchas veces el factor hereditario, eso que hoy se concibe como “mapa genético”, juega su papel en la definición de nuestra conducta optimista o pesimista.
Lo social es también un elemento de importancia a tomar en consideración. Considero que un buen punto de partida para convertirnos en personas optimistas es convencernos, persuadirnos de que precisamos de un proyecto de vida personal que nos catapulte hacia la lucha en medio de la existencia. Sobre todo un proyecto sano, cuyas consecuencias positivas y benéficas sean extensivas a quienes nos rodean, incluso a personas que no conocemos. Eso es lo que se llama “tener un ideal".
Otro detalle que no debo omitir es que hay que contemplar la vida como un desafío, una aventura preciosa e irrepetible para cada uno de nosotros. Eso nos hace ver en cada dificultad, una oportunidad de crecer y no cruzarnos de brazos, desistir, resignarnos o echarnos a llorar.
El trabajo creador, la conciencia de los beneficios materiales y espirituales que acarrean el esfuerzo físico y mental, incluso el sano ejercicio del pensamiento a partir de experiencias propias y ajenas, son antídotos contra esa enfermedad que llamamos pesimismo.
En nuestra mente, actitudes, relaciones y reacciones; en el modo de expresarnos van implícitos los elementos que sirven como termómetro para marcar la temperatura de cuán optimistas o pesimistas somos.
Ese viejo refrán de que “todo depende del color del cristal con que se mira”, no deja de tener su sabiduría, aunque relativa. Les diría más: todo también depende de la manera como asumamos las realidades y como nos expresemos acerca de ellas. Y de expresiones... de que las hay como para cuando alguien las pronuncia apelar a ese viejo dicho de “apaga la vela y vamos”. Cualquier persona ha escuchado y padecido semejantes experiencias verbales. Para no ser demasiado abstracto, aquí les van unas cuantas.
A fulanita ayer le dolía la cabeza. Se tomó un calmante. Al otro día alguien le pregunta: —¿Se te quitó el dolor de cabeza? Respuesta de fulanita: —Ahora no me duele—. ¿No es eso, acaso, una respuesta pesimista? Expresarse así deja por supuesto que en cualquier momento le volverá a doler.
Menganito tenía un problema “equis” en su casa. Digamos... un equipo roto. Llegó el mecánico o un vecino y se lo arregló. ¿Reacción de Menganito?: —Menos mal—. A ver, por qué no dice: “¡qué bueno!” Si ya no existe el problema, pues qué bueno. Eso de “menos mal” huele a que todo está mal y con la reparación del equipo ese gran mal de la existencia se redujo un poquito.
Zutanito o Zutanita se encuentra ante una situación compleja de resolver. Ahí va enseguida, por lo más nimio: —No es fácil—. Bueno, tal vez no sea fácil, pero tampoco imposible. Recuerdo que una vez leí que alguien dijo: “lo difícil lo resolvemos enseguida; lo imposible, demoramos un poco”. ¡Pero se resuelve, es lo que cuenta! Soy un decidido creyente en el “sí se puede”, en “todo tiene solución”.
Pero no termino...
Espiridiano cojea, y lo mismo le ocurre a Tacundiano. Uno es pesimista y el otro es optimista. ¿Cómo se sabe? Muy fácil. Espiridiano dice que tiene una pierna más corta que la otra, mientras que Tacundiano dice que tiene una pierna más larga que la otra. Ahí tienen la clave para descubrir lo que cada uno es.
Cierta vez tuve un vecino tan pesimista que “partió el bate”, como decimos los cubanos. Tenía una lechona cargada y se mantenía a la espera del parto. Por fin... ¡el alumbramiento de la chancha! A los varios días le pregunté: —Dime algo de la puerca parida, ¿cuántos puerquitos nacieron? De verle el rostro pensé que todos se habían malogrado. Muy triste me dice: —Parió doce, pero todos murieron menos once—. ¿Habrá otro pesimista mayor? No puedo omitir otra historia, la de los tres hombres perdidos en un desierto. Uno era Normal, otro era Optimista y el tercero, Pesimista. Estaban sedientos, casi moribundos, arrastrándose por las quemantes arenas, cuando repentinamente el Normal grita con júbilo:
—¡Una botella mediada de agua!
Entonces, el Optimista exclamó:
—¡Y casi llena!
De inmediato el Pesimista, con su tono trágico dijo:
—¡Ah!, dirás que casi vacía.
Los ejemplos no se agotan. Un saludo en la calle...
— ¡Eh, qué tal! ¿Cómo te va?
—Ahí, más o menos.
—¿Hay algún enfermo en la familia?
—No, no hay enfermos.
—¿Tienes alguna dificultad?
—No, ninguna.
—Entonces, ¿a qué viene el “más o menos”?
Otro de moda:
—Hola, ¿cómo estás?
—Estoy, que ya es bastante.
¿Se imaginan tan craso disparate?
Si está bien de salud y no tiene ningún problema, la respuesta adecuada sería: “muy bien”, y punto.
Les aconsejo tener cuidado con apegarse a los esquemas verbales. Poco a poco van penetrando los poros de la mente hasta entronizarse. De ahí surgen los “no está fácil”; “menos mal”; “vamos a ver” y tantas otras inyecciones de pesimismo y negatividad.
Debemos convencernos de que la felicidad es un estado natural del ser humano como ente biológico. Los pesimismos y las infelicidades somos nosotros quienes los inventamos, como víctimas de condicionamientos heredados o por carecer de un propósito de vida. No es nada raro que las personas con menos bienes materiales, y hasta escasa salud, muchas veces muestren un mayor nivel de optimismo y felicidad. Es que aprenden a valorar la vida a partir de su realidad. Conozco innumerables casos de individuos que luego de atravesar un momento difícil, hasta con riesgo para la supervivencia, comenzaron a asumirlo todo con una óptica diferente, a amar la vida y encontrarle el lado bueno, que sí lo tiene y está a la espera de que lo descubramos.
Ahí les dejo para que pongan su mente a reflexionar. Tener un sol cada día, las estrellas y la luna en la noche, la lluvia, el mar, las flores, la mano amiga —a veces desconocida—, poemas, música, paisajes, niños y niñas que alegran y entusiasman, alguien a quien amar y por quién darnos nosotros mismos, son razones lógicas para el optimismo.
Estas son las opciones: ¿Optimista? ¿Pesimista? Eso lo decide usted.
Y al decidirlo tenga presente que el optimismo es un buen hábito; el pesimismo, un vicio. ¡Y ningún vicio es bueno!
(Tomado de www.cubaperiodistas.cu)

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