Primero lo nuestro
Por Celima Bernal
Pocas cosas me molestan tanto —y no solamente a mí, sino a casi todo el mundo—, como ese empeño de copiar el modo de expresarse de los extranjeros con el que algunos nos desesperan. Parodiando aquellos versos: «En esta vida alegre y placentera,/ cada cual debe hablar a su manera».
Tú me dirás: «Tal vez ni siquiera las repitan por imitar». Pudiera ser, aunque en honor a la verdad, lo dudo.
Bien es cierto que las expresiones ajenas se pegan más que un torero bravo; recuerdo aquella época en que transmitían diariamente películas argentinas. Martha, mi amiga, sentaba a sus hijos frente al televisor tarde por tarde. Uno de ellos le protestó: «Pero, mamá, es que vos no nos chevás nunca a la pileta». Ya aquellas criaturas hablaban como si hubieran nacido en Buenos Aires.
Lo mismo les sucede a los fanáticos de esas revistas españolas, de chismes. Hay que oírlos. Hablan de «bicis» y de «pelis», de cotilleos y de carantoñas. Dicen: «El chico es majo y bien inteligente». ¡Qué trabajo se toman, pobrecitos! Los imagino estudiando, afanosos, cómo cambiar frases y voces de su vocabulario, con el único objetivo de impresionar a los demás.
Pues te cuento que para angustia mía, en una narración infantil de mi autoría, publicada recientemente, encontré en la primera línea, un diminutivo que me heló la sangre: gatito. No es incorrecto, pero jamás lo uso; simplemente porque no es nuestro. En Cuba decimos: gatico, y yo soy cubanísima. Nadie puede jurar que me ha oído: «Aguarda un ratito», «bébetelo calentito».
(Tomado de www.juventudrebelde.cu)

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