Senel Paz: Aspiro a tener lectores, no compradores
Por Pedro de la Hoz
En el cielo con diamantes, la más reciente novela de Senel Paz, David y Arnaldo, a veces quijotescos y otras, lezamianos, nos descubren sus vidas más todo lo que acontece en aquellos años 60, contradictorios y utópicos, pero felices.
Uno escribe fundamentalmente para el lector de su país, al menos en mi caso, dice Senel Paz. Su novela más reciente, En el cielo con diamantes, publicada ya en España, Italia y otros países, acaba de llegar a manos del lector cubano con el sello de la Editorial Oriente, de Santiago de Cuba.

Posiblemente Senel, un cabaiguanense de rostro aún adolescente a los cincuenta y tantos, sea el escritor más tímido y modesto de mi generación. A buena distancia de su persona pone la vanidad que pudiera acompañarle por haber atraído tempranamente a críticos y lectores, con sus relatos de El niño aquel (1980) y la novela Un rey en el jardín (1983), ser el autor del cuento El lobo, el bosque y el hombre nuevo (Premio Juan Rulfo 1990) y guionista de la célebre película Fresa y chocolate.
—El pasado año vio la luz En el cielo con diamantes, una narración largamente esperada. Le pregunto cómo considera la cogida en España, Italia y otros países.
—No dispongo de los datos de ventas porque no pregunto por ellos, pero creo que en España se ha recibido discretamente, y en Italia mejor. Un nuevo título, en cualquiera de estos países o en América Latina, es una gota en un mar inmenso y se necesita suerte y tiempo. Tampoco yo contemplo mi carrera en términos de éxito, y mucho menos de éxito reflejado por ventas. En el extranjero soy un autor nuevo porque a mí la gente me conoce fundamentalmente por el cine y en este el escritor pasa inadvertido, el espectador común no se interesa en su nombre, y a mí me gusta que sea así. Aspiro a tener lectores, no compradores. La novela aparecerá este año en varios sitios, como Francia, Alemania y Brasil, donde ya están listas las traducciones, e incluso en lugares menos habituales como Serbia o Corea del Sur.
En Cuba, aunque llevo mucho tiempo sin publicar y hay una generación de lectores que no me ha leído —puntualiza—, sí creo que permanece un recuerdo de mis textos anteriores y un conocimiento de la relación de mis personajes del cine y la literatura, y pienso que esto potenciará un interés en la nueva novela sin tener que hacer demasiada publicidad.
—¿Cómo quisieras que el lector cubano recibiera esta novela tuya?
—Mi novela apela constantemente a la memoria y la experiencia del cubano, hay muchas señas, muchos entredichos que solo un cubano puede descubrir y disfrutar porque son referencias a una vida en común. Pienso que el lector cubano se divertirá con mi novela, se reirá de mí, de sí mismo, de nosotros. Sería yo feliz si a ratos también se emociona y todavía más si comprende que no todo es jarana y advierte y comparte conmigo algunas preocupaciones.
—Pasado el susto de años de escribir para el cine y no tener un libro fresco en circulación, ¿tendremos que esperar muchos más años para volver a disfrutar de otra novela tuya?
—Me propongo una regularidad en mi trabajo literario, priorizarlo sobre otras tareas. Esto implica también el cine porque mi participación en este es como escritor. En realidad, tampoco he vuelto a escribir una película cubana. Estoy en mejores condiciones personales para llevar una vida más profesional como autor. Lo mejor y más concreto que puede hacer un autor por la cultura de su país es trabajar su obra.
—Ahora en confianza, y después de leer tu novela, cuyo título recuerda una canción de nuestra época: ¿eres fan de Los Beatles o del punto cubano?
—Yo me demoré en acercarme a Los Beatles. O tenía una cercanía con su música que no captaba en el momento en que se producía. Aquella música no pertenecía a nadie, sino sintetizaba, resumía, el estado de ánimo, la inquietud individual de una época, por eso se ha hecho imperecedera.
En general, yo me demoré bastante en acercarme a todo lo que fuera urbano, quizás con excepción del cine. Lo urbano, incluyendo la música, siempre me resultaba extraño, cuando no hostil e indescifrable, y efectivamente, me refugiaba en lo campesino, donde me sentía seguro, en mi terreno. Yo viví el campo como una fiesta que me entraba por todos los sentidos. Solo desde el punto de vista sonoro y visual, para alguien que oiga y mire con atención y amor, el campo es un mundo infinito, y la música y el canto forman parte de ello: Celina González, el Jilguero de Cienfuegos, Ramón Veloz y hasta Carlos Puebla y Barbarito Diez, pero no vistos por la televisión, sino escuchados en aquellos radios que usaban pilas enormes que tenían un gato que atravesaba no recuerdo si un seis o un nueve. Para alguien de mi origen, un guajiro que sale por la televisión ya no es un guajiro.
Yo prefiero imaginar antes de ver en una pantalla, donde ya alguien imaginó por mí. A mí la puerta de la ciudad me la abrieron Elena Burke y Omara Portuondo. Admiro a Omara a tal extremo que solo me le he podido acercar una vez, el otro día en la sede la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Y en cuanto a Silvio y Pablo y también Sara, ellos son yo mismo, pero cantando.
(Tomado de: Más Cuba, Revista del Arte y la Cultura Cubana)

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