Cintio Vitier: hombre de amor y fe
Por Mercedes Santos Moray
Todos sabemos de la cubanía de Cintio Vitier, aunque este maestro de generaciones no nació en nuestra tierra, sino en Cayo Hueso, la Florida: esa región de tan fervorosa presencia martiana, en que el Apóstol uniría voluntades para emprender la guerra necesaria.
Y también conocemos que en la raíz mambisa de Cintio, en su vocación espiritual de enseñar, dentro y fuera de las aulas; está también el ejemplo de su padre: el ensayista, filósofo y pedagogo Medardo Vitier, bajo cuyo estímulo comenzó el niño sus primeros estudios en las aulas del colegio Froebel, la institución educacional que él había fundado en la ciudad de Matanzas.
Como igual es de conocido aquel encuentro suyo, sucedido cuando Cintio sólo tenía diez años, al trasladarse con su familia a la capital, y que se produjo en las aulas de otra escuela, "La Luz": el hallazgo de un condiscípulo que sería su hermano de ideas y de espíritu, y también por vínculos familiares. Me refiero a Eliseo Diego, ya que Cintio se casaría con Fina García Marruz, y Eliseo con la hermana de esta: Bella.
La Universidad de La Habana, que cumple 280 años de fundada, fue nicho fecundo para su juventud; y mientras cursaba los estudios superiores de abogacía, ya poeta, se integró a la edición de la revista Clavileño (1942-1943), entrando en el espacio de otro jurista y sobre todo poeta, José Lezama Lima.
Cintio no ejercería la carrera de Derecho Civil; pero sí sería maestro en la Escuela Normal de La Habana, y en la Universidad Central de Las Villas, en el ámbito del idioma francés y de los estudios literarios.
En los años 40 y 50 integraría la redacción de Orígenes: la revista de José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, en la que se expresó la más sobresaliente generación de las letras cubanas del siglo XX.
No se debe olvidar que a él, y a Fina, le debemos la Sala Martí y también aquel primer Anuario Martiano que se publicaba por la Biblioteca Nacional. Además, la presencia de ambos fue, y es, decisiva en el Centro de Estudios Martianos y en cuanta labor se acometa de investigación, exégesis y divulgación de la papelería martiana.
Poeta, novelista, ensayista y crítico literario, es un hombre de fe, de intensa vocación cristiana y de acendrado patriotismo, como aquel abuelo mambí, expresándose tanto en verso como en la prosa desde la savia de su subjetividad y de su erudición, bajo el signo de una eticidad humanista.
PREMIOS PARA VITIER
Numerosos han sido los reconocimientos de este intelectual; entre ellos ese Premio Nacional de Literatura que se le concedió, como reconocimiento a la obra de toda una vida, hace ya veinte años. Y en el plano internacional sobresale el Premio Juan Rulfo, que se le entregó en el año 2002.
Entonces, al hacerse público el galardón en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se afirmaba: "El jurado consideró que el escritor cubano Cintio Vitier es un auténtico humanista, cuya trayectoria intelectual lo convierte en uno de los más notables exponentes de la creación y el pensamiento latinoamericanos del siglo XX.
"Su obra, que se inicia en la década del treinta, abarca los más diversos géneros, en todos los cuales ha producido textos fundamentales para un mejor conocimiento del proceso cultural latinoamericano."
Además, ha recibido Cintio Vitier la Orden Félix Varela de primer grado, en Cuba; así como el título de Oficial de Artes y Letras de Francia y la medalla de la Academia de Ciencias de Cuba, entre otras altas distinciones.
DISCURSO PARA LOS AMIGOS MEXICANOS
En aquel noviembre del 2002, al recibir el premio que le entregaba México, Cintio dijo: "Cuando me llegó la noticia del Juan Rulfo, mi primer pensamiento fue para mi hermano Eliseo Diego, que lo recibió en 1993 y a quien me parece haber abrazado por última vez —si es que esta expresión tiene algún sentido— en el alegre ámbito de la Feria de aquel año. A su memoria dedico este premio.
"Simultáneamente, sentí la resonancia de algunos pasajes del extraordinario, misterioso escritor, que le da su nombre a tan alta distinción. ¿Y cómo zafar tales emociones de la luminosa sombra que unió a México y a Cuba para siempre, de la omnipresente mirada de José Martí?
"Al evocar mi amistad de toda la vida con el poeta de En la calzada de Jesús del Monte, era indispensable aludir a aquella aventura espiritual, encabezada por José Lezama Lima, que fue la revista Orígenes, y a la fraterna acogida que en sus páginas dimos a la literatura y la pintura mexicanas de los años cuarenta y cincuenta del inverosímilmente pasado siglo XX.
"En mi caso personal, además, tuve la suerte de heredar de mi padre su acendrada relación con el maestro Alfonso Reyes, y de mantener durante casi veinte años un epistolario, muy honroso para mí, con el gran poeta y ensayista Octavio Paz.
"En agosto de 1955 recibí una simpática carta del ya hoy ilustre Carlos Fuentes, en la que me decía: 'Me atrevo a dirigirle estas líneas para entrar (valga el vulgo) taconeando a Torreón: con un grupo de jóvenes escritores mexicanos (Juan Rulfo, Alí Chumacero, etc.) he iniciado la Revista Mexicana de Literatura', para la cual me pedía colaboración.
"Creo que fue la primera vez que leí el nombre de Juan Rulfo, y ahora, tantos años después, me sobresalta saber que estuvimos juntos en aquella memorable empresa juvenil.
"Memoria entrañable guardábamos para don Carlos Pellicer, cuyo espíritu fue capaz de unir en un solo arco indígena y cristiano desde San Francisco de Asís hasta Simón Bolívar. A él agradecimos con Manuel Pedro González y Ángel Rama, durante el Congreso por el Centenario de su bienamado Darío, la iniciativa de crear en la Biblioteca Nacional una Sala Martí, en la que Fina y yo trabajamos y que resultaría antecedente del actual Centro de Estudios Martianos.
"No olvidaremos nunca los grados del conocimiento que de la poesía de San Juan de la Cruz alcanzaba Pellicer, ni la emoción de recorrer en Villahermosa su Museo a campo abierto de esculturas olmecas.
"También recordamos siempre con admiración y gratitud a una honda conocedora de la cultura náhuatl y finísima mujer, Laurette Sejourné, a quien debí la solicitud de mi libro Ese sol del mundo moral para la Editorial Siglo XXI, que entonces dirigía su esposo, Arnaldo Orfila Reynal.
"Ese libro, por cierto, me lo llevó a La Habana, en gentilísimo gesto, nada menos que Monseñor Sergio Méndez Arceo, Obispo revolucionario si los hubo, quien desde Cuernavaca nos había enviado, sin conocerlo nosotros aún, los escritos del padre Camilo Torres, que tanto nos ayudaron en aquellos años sesenta y setenta.
"No hago ahora, desde luego, nómina de nuestros amigos mexicanos, la que tendría que iniciarse con Sor Juana Inés de la Cruz, a la que Fina dedicó un ferviente estudio en 1973, y que preside, junto con Juan Ramón Jiménez, Rubén Darío, César Vallejo, John Keats, Arthur Rimbaud y María Zambrano, la biblioteca de nuestra casa en La Habana.
VITIER SOBRE RULFO
"Por otra parte, después de leer la introducción de Claude Fell, coordinador de Toda la obra de Juan Rulfo en la Colección Archivos, resulta temerario aventurar nuevas opiniones sobre el tema. Se resumen allí las tesis de una cantidad impresionante de textos críticos magistrales, antecedidos, según apunta Fell, por "la enorme compilación bibliográfica que rodea la obra de Rulfo, y que sigue ampliándose todos los días".
"Sospechando esta abrumadora circunstancia, me abstuve de leer dicha introducción antes de esbozar, como lo haré en estas breves palabras, algunos comentarios y observaciones por así decirlo vírgenes de bibliografía, con las únicas excepciones del excelente prólogo que Antonio Benítez escribió para la edición de la narrativa de Rulfo que Casa de las Américas publicó en 1968, y de un memorioso artículo de Gabriel García Márquez.
"El único relieve de estos rápidos apuntes, si alguno tiene, será el de esa especie de lectura casi adánica, y desde luego cubana, que siempre me acompaña.
"En cuanto al sobrio, liso, almado, resucitado en vida, increíble Juan Rulfo, de su obra escribió García Márquez —uno de los pocos pares, aunque tan distinto, de su maestría narrativa—: 'No son más de 300 páginas, pero son casi tantas, y creo que tan perdurables, como las que conocemos de Sófocles'. Esta condición de clásico de la muerte inmortal no le quita nunca una pizca de sabor, de agrura, de transpiración, de lo paradisíaco natural, ni una gota rica de sus inflexiones, de sus inconmovibles nombres, de su santa oralidad, de su mexicanía.
"Su escritura parece vigilada por jueces rigurosos de sus sílabas, silencios y murmullos, de la trágica impotencia de sus letras para cambiar ni en un ápice lo que dicen. Es un acto, y acta, sencillamente prodigiosos, aunque bañados hasta los huesos de costumbre.
"A los cuentos de El llano en llamas uno les da vueltas como a piedras preciosas que siguen manteniendo su condición de trozos de mineral en bruto. Esta dualidad quizá se explique por la simbiosis estilística de un escritor impar y asuntos o situaciones a ras de tierra; pero esa explicación a la postre nos resulta engañosa.
"Los temas, situaciones y personajes de estos cuentos esconden un declive, una tendencia, un giro que siempre, en algún momento, los pone al margen de sí mismos. Se trata de un realismo esencialmente ambiguo, en el que se mezcla la minuciosa lucidez y maestría del autor con esa especie de sonambulismo de sus personajes, creándose un estilo otro, siempre un poco inalcanzable en su doble soledad.
"La Comala de Rulfo, estudiada como una nueva versión de la Divina Comedia, especialmente del infierno dantesco (aunque más bien nos parece purgatorio), en cuanto infierno moderno, según Olga Vickery, es un infierno creado por el hombre, no por Dios.
"Partiendo de esta exégesis (que por cierto a Rulfo no le gustaba nada), puede también interpretarse como una transcripción metafísica de la injusticia humana, que inficiona desde la tierra, el agua y el aire hasta las relaciones sexuales. Para lograr que esa región de muerte, de ausencia de tiempo y espacio, se parezca en algo a la vida, Rulfo no la despoja totalmente de destellos o reminiscentes espejismos de placer o alegría natural, y le conserva las formalidades conversacionales, con frecuente autoctonía pintoresca, sin las que la ficción misma no podría sobrevivir.
"Si inaudito tema, sin embargo, como el de Paradiso de Lezama —paralelo y conjunción que nos invita desmedidamente— pudiera ser el de una hipertelia (palabra tan lezamiana) que en el caso de Rulfo inmoviliza su fluir, hace del discurso una parálisis del tiempo, y en el otro, el de Lezama, propone una memoria que sólo se alimenta de futuridad".
(Tomado de CubAhora)

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