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Desde Santa Clara, Cuba.

20/10/2008 GMT 1

“La solidaridad de la cola”

mediaz @ 13:10

Por Rayma Elena Hernández

«Eso es solidaridad de la cola». La frase la escuchó un oído colega, y, entre cubanas y cubanas, resultó muy fácil descifrarla. El tema de la conversación de origen, por supuesto, era la concurrencia a los mercados y puestos de venta; y su significado: que las embarazadas, si los demás lo consideran, tienen prioridad para entrar.

Reitero que entre los habitantes de esta Isla no resulta complicado entender todo lo relacionado con lo que la Real Academia Española (RAE) define como «hilera de personas que esperan vez». Y es que el término tiene ya una larga historia; quizás más prolongada de lo deseado, y ahora con una recaída en época posciclónica sin ferias dominicales.

También tiene sus reglas, que no define ninguna academia; pero son, rigen o se violan, según el caso. Una de ellas es la solidaridad, por suerte no olvidada totalmente ni aun en los períodos de escasez especial vividos en los años 90. En ocasiones, además de a las gestantes, beneficia a personas ancianas, y de manera más oficial, a impedidos físicos.

Eso, por supuesto, no se discute, amén de determinados abusos de quienes utilizan a cualquiera que clasifique en algunas de estas variantes, para entrar, comprar, viajar, etcétera, etcétera, sin hacer la cola.

«La cola», ¡santa palabra! —como dijera el Guayabero— que nos convierte a algunos en cola de ratón y a otros en cabeza de león. Los primeros son los que, de acuerdo con lo establecido, piden el último, esperan, y se desesperan cuando los del segundo grupo buscan en la cabeza de la fila a quien les dé un «cuele», simplemente entran como Pedro por su casa, o esgrimen excusas al estilo de «voy a hacer una pregunta» (¿de cuántas libras? —podría cuestionársele a la salida del agro).

Existe, además, la modalidad del «apurado», que alegando su urgencia, trata de sacar ventaja en esta vida en la que casi todos andamos a la carrera. Y «el del carné», que te muestra con toda prisa un documento plasticado que nadie logra descifrar qué es; aunque funciona.

Mas el personaje del «colado» con todas sus variantes, no es el único ni el primero. Porque incluso antes de él, llega el «colero», término que con esa acepción no tiene la patente de la RAE, y que la vida real parece otorgar una «patente de corso» a quienes practican esa actividad; lucrativa, por demás, pues un puesto en el mercado, o un numerito en una terminal, por ejemplo, se cotizan bien.

Se las ingenian para burlar otras reglas no escritas, como aquella de que «la cola es física». La química que mantienen entre ellos los convierte en un gremio informal; eso sí, potente, pues «conmigo vienen dos, tres…» resulta su lema, y a la hora de los mameyes (o de los plátanos burro o de las malangas), son diez.

Con su capacidad de adelantarse a los abastecimientos, se personan donde van a sacar algo, sobre todo si hay rebaja «no anunciada», o si van a sacar algún producto de alta demanda.

De esos, día a día ya se ve a algunos sacando las uñas en áreas de los mercados, e imponiendo el madrugón —literalmente de madrugada— al pueblo trabajador que, muchas veces, solo dispone del domingo de «descanso» para intentar mitigar el vacío de la cocina hasta donde los estragos huracanados lo permitan.

Al menos, y la población lo agradece, el país puso coto a la posibilidad de que unos se lleven de una vez algunos de los surtidos que ansía adquirir cada uno de la «hilera de personas que esperan vez».

También, aun en establecimientos que no entran en estas normativas y a pesar de que su misión está del mostrador hacia adentro, algunos dependientes ponen freno a los insaciables  habituales.

No obstante, otros no se muestran imparciales y hasta favorecen a esos viejos conocidos. Asimismo, no faltan quienes le dan vida afirmando que «hacer la cola vale, no diez, sino mil pesos…».

Y de verdad, a veces es tremendo. Sobre todo para los que preguntan el último —y el penúltimo y el antepenúltimo, por si acaso— y esperan. Para los que, a pesar de los «coleros» y de los «colados» defienden la «solidaridad de la cola». Y vale esa expresión que entre cubanos comprendemos, y vale preservar, aun cuando las estrecheces materiales han vuelto a marcar en rojo una palabra que, ojalá, no esté pegada con cola al diccionario de nuestras vidas.

(Tomado del periódico Vanguardia. Sección La Parada)

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