En las entrañas del monstruo
Por María Luisa García Moreno
En un breve, pero no por ello menos interesante trabajo, titulado “Impresiones de América” (III) y publicado por nuestro José Martí el 23 de octubre de 1880, en el diario The Hour, de Nueva York, el Héroe Nacional cubano expresa interesantes juicios acerca del carácter y la educación en Estados Unidos.
El artículo comienza expresando: “En Europa leemos muchas afirmaciones maravillosas sobre este país. El esplendor de la vida, la abundancia de dinero, las luchas violentas por obtenerlo, las corrientes áureas que deslumbran y ciegan a la gente vulgar, las excelencias de la instrucción, el hábito de trabajar; la visión de este nuevo país levantándose sobre las ruinas de las viejas naciones despiertan la atención de los hombres pensadores, que buscan ansiosamente una eliminación definitiva de todas las fuerzas destructivas que comenzaron durante el siglo pasado, a poner los cimientos para una nueva era de la humanidad”.*
Y añade cauteloso: “Esto pudiera ser, y debe ser, la significación trascendental de los Estados Unidos. ¿Pero tienen los Estados Unidos los elementos que se supone que poseen? […] Se supone que la verdad, la libertad y la dignidad han alcanzado, al fin, un hogar seguro en el Nuevo Mundo”.* Pero la vida se ha encargado de demostrar que la cautela del avezado periodista vale.
José Martí, que ya iba conociendo bien las entrañas del monstruo, observaba con atención el mundo que le rodeaba. Su aguda mirada ponía en duda si, por ejemplo, la mujer norteamericana, “[…] ese ser tan exclusivamente dedicado a la posesión de vestidos de seda, de diamantes resplandecientes y de toda clase de caprichos costosos, puede luego llevar a su hogar esas sólidas virtudes, esos dulces sentimientos, la bondadosa resignación, aquel evangélico poder de consuelo que puede conservar en alto un hogar sacudido por la desventura, e inspirar a los hijos el desprecio de los placeres naturales y el amor por las satisfacciones internas que hacen a los hombres felices y fuertes […]”.*
Más adelante, en este propio trabajo, cita el Maestro unas notas que toma de sus cuadernos de apuntes: “¿Qué veo? Una niña de siete años va a la escuela. Habla con cuidado inusitado con otras niñas; esta miniatura de mujer tiene tanto dominio de sí misma como una mujer casada: me mira y sonríe como si pudiese conocer todos los misterios de la humanidad. Sus orejas están adornadas de pesados aretes; sus pequeños dedos de sortijas. ¿De dónde proviene esta maravillosa volubilidad? ¿Qué hará esta pequeña niña, tan aficionada a la pedrería a los siete años, por obtenerla cuando tenga dieciséis? La esclavitud sería mejor que esta clase de libertad; la ignorancia mejor que esta ciencia peligrosa”.*
Y es este, precisamente, un buen tema para reflexionar. Nosotros bien sabemos el tremendo papel que ha correspondido a la mujer cubana en estos difíciles tiempos de bloqueo y período especial. E, incluso, conocemos también de muy peligrosas situaciones ocurridas en determinados hogares, donde la madre o esposa y, a veces, la hija, no han sido capaces de estar a la altura dramática que ha exigido las circunstancias.
Bien conocemos de la estirpe heroica de la mujer cubana, heredada de Mariana Grajales y Dominga Moncada, de Amalia Simoni y Ana Betancourt, de María Cabrales y Lucía Íñiguez, de Melba, Haydeé, Celia, Vilma y tantas otras heroínas de la vida cotidiana.
Pero más allá de la actitud de la mujer como ente social, a Martí le preocupa la posibilidad real de crear valores morales en las nuevas generaciones, de educarlos como la vida exige. Por eso, expresa también: “Debemos preguntarle a un muchacho de catorce años lo que sabe y lo que se le enseña (y aquí se cuestiona la educación). Debemos observar en los periódicos lo que ofrecen al público —noticias o ideas— (y aquí cuestiona el Apóstol el papel de los medios de comunicación en la sociedad norteamericana). Debemos fijarnos en lo que lee la gente, lo que aplaude y lo que ama”.*
Y sus cuadernos de apuntes suministran nuevas observaciones, nada extraordinario, lo de todos los días: “[…] un anciano vestido en aquel estilo que revela al propio tiempo la buena fortuna que hemos tenido y los tiempos malos que comienzan […], una pobre mujer estaba arrodillada sobre la acera, como si buscara su tumba […], cien hombres robustos padeciendo evidentemente las angustias de la miseria […]”.*
Han pasado casi 130 años de que nuestro José Martí escribiera estas interesantes reflexiones; pero no hay duda de que en estos elementos que su agudísima mirada fue capaz de captar entonces están los gérmenes de lo que es hoy la sociedad norteamericana, repleta de seres insensibles, egoístas y ambiciosos, ávidos de riqueza y poder, prepotentes y poco o nada generosos. Sabemos que también hay miles y miles de mujeres y hombres norteamericanos dignos y hermosos. Esperamos que asuman la actitud que la vida exige de ellos antes que la humanidad se vea involucrada en una catástrofe de incalculables proporciones.
Martí lo avizoró… nosotros lo comprobamos una y otra vez.
Notas: Todas las citas proceden de:
José Martí: “Impresiones de América” III. En Obras completas, tomo 19, Centro de Estudios Martianos, edición digital, 2007, pp. 123-126.
(Tomado de www.cubaperiodistas.cu)

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