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Desde Santa Clara, Cuba.

19/11/2008 GMT 1

Todo sirve para una mujer adicta al piropo

mediaz @ 05:18

Por Leila Macor

piroposEl primer piropo del que se tiene noticia se lo dijo el Arcángel San Gabriel a la Virgen cuando le anunció su divino estado: “Dios te salve María, llena eres de Gracia”. Gracia que al parecer no tengo, porque el último piropo del que yo tengo noticia es uno de dudosa belleza que me dijo hace poco un hombre con acento español: “Guapa, que meas colonia”. 

Es lógico que el estilo cambie después de 2 000 años. Pero el piropo no. La costumbre de enviarles ese regalo anónimo a las mujeres que pasan sigue intacta. Las señales de luces que hacen taxistas y camioneros, o los gritos que salen de las ventanas de los autos (¡Divinaaaa!), también sirven. 

Todo sirve para una mujer adicta al piropo. 

Mi adicción comenzó precozmente. Tenía 13 años cuando el cajero de un supermercado le preguntó a mi madre: “¿Algo más, suegra?” Me ruboricé, sonreí, bajé los ojos. Poco después comprendí que la única finalidad de las construcciones es hacernos sentir bien a las mujeres. (Y que mientras más edificios se construyan, más sana y feliz estará la mitad de la población de una ciudad). Ahora, muchos años después, reacciono siempre igual: gracias, oh, dios, gracias. 

Hay piropos tan agresivos y vulgares que son más bien microviolaciones. Solo se agradecen en caso de aguda depresión clínica. Dejando esos de lado, hay una linda gama que va desde los subidos de tono (“¡Qué piernas!, ¿a qué hora abren?”) hasta los más beatos (“Qué pasará en el cielo que los ángeles están cayendo”), entre los cuales necesito, para mi salud mental, alrededor de tres por día. 

Para obtenerlos soy capaz de maquillarme antes de bajar a la panadería, de dar un largo rodeo para pasar delante de una construcción, de tomarme el ómnibus para hacer un trámite que podría solucionar por internet, de cambiar de acera para caminar delante de un grupo de estudiantes. 

Los días en que no hay cosecha, vuelvo a casa preguntándome qué ha sido del mundo, dónde quedó el orden universal. ¿Lifting, lipo? ¿Debo hacer más horas de gimnasia? ¿Cambiar el maquillaje? Varios días de sequía desembocan en una compra compulsiva de ropa horrorosamente sexy y fucsia, y más de una semana me dejaría postrada en cama, dispuesta a recibir con agrado hasta los piropos microvioladores. 

En cambio, cuando la cosecha es buena, el mundo sigue su curso: los gringos continúan torturando presos en Guantánamo, el precio del crudo alcanza precios récord, Paris Hilton es detenida por conducir alcoholizada. Puedo entonces sentarme a trabajar, ocuparme de mi correspondencia, escribir un reportaje sobre el calentamiento global y otras cosas que no tengan la menor importancia.

(Fuente: escribirparaque.blogspot.com)

 

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